La visión de un enfermero en primera línea de batalla contra la pandemia

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Nadie conoce más el rostro de la tragedia que ha traído consigo la pandemia por covid-19 que los profesionales de la salud. Estos, que no quieren ser llamados héroes ni buscan el protagonismo, son seleccionados por el destino desde muy pequeños a una vocación plena al servicio y al amor por preservar la vida de los otros.

La pandemia nos tomó por sorpresa a todos y ningún ser humano en este planeta previó que el 2020 la humanidad se enfrentaría al reto más doloroso y desgarrador del último siglo. Sin duda alguna, la ciencia y la medicina han sido una hermosa compañera que nos ha superpuesto una luz al final de este túnel, que aún no se ve con claridad, pero que sin duda nos regala al trasegar de los días vislumbrarla un poco más.

Este momento único en la historia, que cada vez se encuentra acechando y cercando nuestros círculos sociales, ha dejado millones de historias; muchas con desenlaces fatales, otras acompañadas de alegrías por superar la enfermedad, y otras alineadas al esfuerzo casi sobrehumano de todos ellos que día a día dejan todo en las unidades de cuidado intensivo y salas de hospitalización para arrebatarle a la muerte una víctima más, que como bien sabemos, el covid-19 es una enfermedad mortal que pareciera comportarse como una ruleta rusa, de manera impredecible.

Hoy queremos compartir la historia de uno de ellos, de esos que llevan más de un año y medio trabajando armados como quien va a enfrentarse a desactivar una bomba y que de manera cuidadosa deben tratarla para no hacerla explotar: esta es la percepción de un hombre que simplemente no se negó a este llamado, al de servir con su vida para salvar otras.

Diego Eduardo Ruiz Chila, un enfermero de 32 años, oriundo de un caserío llamado La Magola, ubicado entre los municipios de Supatá y San Francisco en Cundinamarca, llegó a Bogotá a cumplir uno de los múltiples objetivos de su proyecto de vida y quien ahí lo encontró este enemigo silencioso.

Se graduó en junio del año pasado como profesional de enfermería de la Fundación Universitaria Juan N. Corpas, después de haber ejercido como auxiliar de enfermería por aproximadamente 13 años. La dicha de este logro cumplido se mezcló con el azote de esta pandemia que lo llevó a trabajar en el Hospital Cardiovascular en Soacha, Cundinamarca, en la Unidad de Cuidado Intensivo de pacientes covid-19.

La enfermería es una de las artes más hermosas de las profesiones de la salud. Menciona Diego que son ellos y ellas los que cumplen el rol de ser la compañía idónea para esos pacientes que llegan a las salas de hospitalización y UCI y ser un apoyo para superar sus enfermedades o al menos controlarlas para volver a encontrarse con los suyos.

“Nosotros somos los amigos, que por las múltiples y casi infinitas complicaciones de la salud están ahí para ellos. Nuestro trabajo está comprendido en cuidar de su integridad y de atenderlo para todo lo que requieran, y en diversas situaciones, por la imposibilidad de recibir visitas por el riesgo que implica el virus, somos los únicos que ellos ven por muchos días mientras superan este flagelo e incluso la última que algunos ven”.

Es muy difícil, relata él, poder ser ese contacto, porque usualmente los enfermeros cuando se encuentran en el desarrollo de su labor, los pacientes pueden ver sus rostros, pueden darle una sonrisa, pueden brindarles cariño a través de sus ojos, “pero no si te encuentras bajo tres trajes de protección, dos tapabocas, unas monogafas, tres juegos de guantes, y una careta cuidando de tu vida. Es como verse tras un caparazón”.

Este panorama es más triste aun cuando eres el único contacto que esa persona tiene con el mundo exterior. Aquí, la tecnología ha jugado un papel vital para darles una razón a todos de seguir luchando cuando muchos se encuentran incluso en sus lechos de muerte, “pero también han convertido en cuadros desgarradores cuando haces una videollamada con sus familiares para indicarles los procedimientos a seguir, para que los vean y les den un mensaje de aliento, o también para despedirlos”.

Y es que es así como cuenta que se han convertido las Unidades de Cuidado Intensivos de atención por covid-19 en los hospitales y clínicas alrededor del mundo: una sinfonía de sonidos de pacientes con unas deficiencias respiratorias totalmente perceptibles y otros que se encuentran bajo el azote de la ventilación mecánica, que como muchos sabemos, es una técnica para salvarles sus vidas y mejorar su oxigenación, pero totalmente invasiva.

La alegría muchas veces se empaña con la rudeza con la que el virus ataca las vidas de decenas de pacientes nuevos que ingresan a estas unidades. “Afortunadamente, estos recursos son una ayuda increíble para ellos, pero no todos logran salvarse; que por más ganas que tengas de auxiliarlos, sabes que muchos de ellos morirán ahí”.

Estas son las postales que más dolor producen. Ruiz Chila se constriñe cada vez que entra un paciente a UCI: un paciente con muchas ganas de vivir, un paciente que desconoce cómo el covid-19 llegó a su vida, un paciente cuya suerte y desenlace solo conoce Dios, un paciente cuya familia emprende maratónicas jornadas de oración para que no haga parte de ese incómodo promedio de personas al que el virus arrebata de este plano día tras día, un paciente que solo quiere volver a abrazar a los suyos.

“Lo más triste es que muchas de estas personas mayores que han fallecido han sido producto de muchos irresponsables, que llevados por un acto de egoísmo profundo y por no perder un fin de semana de diversión, han llevado el virus a sus hogares”.

Como se relataba antes, los enfermeros y enfermeras desempeñan un papel que está enmarcado en un deseo de llevar a sus pacientes a tener una óptima estadía, que de por sí es dura, y devolverles la posibilidad de volver a vivir. Pero con esta pandemia, la duda es la común constante en los pensamientos de millones de profesionales de ver a cada persona que ingresa a una UCI y reflexionar si este se salvará o no.

Infortunadamente el covid-19 no tiene una cura ni un tratamiento 100 % eficaz para erradicarla. Cada día surgen nuevas prácticas clínicas y evidencia científica que ayudan a mejorar la atención, pero la muerte también hace parte de ese fotograma desalentador a los que cientos llegan diariamente.

“Con cada persona uno vive una historia diferente. Es muy duro escuchar que te pidan que no los dejes morir y que no permitas que el virus se los lleve, pero tú, por más que hagas tu trabajo de manera profesional y consciente, simplemente llegues a la incapacidad de mantenerlos con vida porque clínicamente se vuelve imposible. Es frustrante y muy triste vivir estas situaciones todos los días”.

Diego es uno de los tantísimos profesionales de la salud que en el ejercicio de su labor también tuvo un encuentro más cercano y personal con el virus: en octubre de 2020 se contagió de covid-19 y aunque generó en él un pánico por los fatales desenlaces de muchos de sus compañeros y del creciente número de personas jóvenes que estaban llegando a acudir a los servicios de UCI, su historia con el SARS-CoV-2 terminó de la mejor manera.

Su cuerpo respondió de forma positiva al contagio y no presentó mayores síntomas, solo tuvo una pérdida del olfato y del gusto. “Mi esposa y yo hicimos nuestro aislamiento respectivo y gracias a Dios pudimos superarlo. Mi afán era volver a trabajar y seguir ayudando para combatir esta pandemia”.

Este enfermero por cuestiones de movilidad, dejó su labor en el Hospital Cardiovascular de Soacha y obtuvo un traslado a la Unidad de Urgencias de la Clínica del Country de la ciudad de Bogotá, donde reside actualmente. Su lucha como parte de estos hombres y mujeres que subsisten por la tenacidad de su vocación a salvar a cuantos puedan de la muerte por este virus, aún no termina.

“El equipo de salud es un verraco y me les quito el sombrero. Porque es gratificante ver a tus compañeros dando su vida, arriesgando el tiempo con sus familias, y que con valor van a darlo todo para cuidar a sus pacientes”.

Por último, Diego se une a las voces de tantos de ellos, que ahora inmunizados, sacan esas facultades que usualmente asociamos a los súper héroes y heroínas para doblar turnos, para seguir brindando su conocimiento al servicio de la salud y continuar fortaleciendo la atención a estos pacientes, pero que piden a gritos fortalecer el autocuidado.

“El tiempo de cuidarnos es ahora. Estamos atravesando la más mortífera de las olas de contagios desde que empezó la pandemia. No seamos egoístas y pensemos que siguen siendo nuestros mayores los más afectados, esos que nos cuidaron y nos criaron. Miremos cómo les estamos pagando. No es justo con ellos; por eso, no bajemos la guardia y pensemos que pronto estaremos tranquilos, pero para eso necesitamos estar vivos y para seguir vivos la única manera por ahora es cuidándonos”.

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