“Los Espejos del Tiempo”

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Por Rafael Gómez Llinás

Y en alguna otra escala dimensional, en otra Rueda del Tiempo, pero con la misma sincronía, para el erudito capitán Alfred D´Saint Chezcott, Radha, y sus demás compañeros de búsqueda existencial, todo lo de sus vidas sin que lo supieran, solo fue parte de un enorme y extraño sueño. Solo que para él, e igual para todos ellos, eso no significaría gran cosa, porque los sueños, como todo, según estaban convencidos, eran también partes de la realidad… O  eran  tal vez,  otra realidad..

Ese extraño pensamiento del Capitán Chezcott sobre aquel universo posible, ¿O imposible?, incluido en ese sueño de sus vidas, y que jamás habría de recordar, como en efecto nunca lo hizo, no tendría relevancia alguna. El hecho de no hacerlo no tendría ninguna importancia, porque absolutamente todo ese enorme sueño, el de la fantástica región de Sharamatuna y de la “Montaña Sagrada” con sus tiempos trastocados, por el solo hecho de imaginarlo o soñarlo, sin siquiera recordarlo después, como el mismo lo pregonaba en sus conferencias de primera cámara ocultista, es, o era cierto. ¡Desde siempre y para siempre!

Y para que todo ese, su mundo, fuese real, le bastaba solo eso: ¡imaginarlo o soñarlo!… Solamente eso, y creer además, que lo que estaba viviendo, en ese, su momento presente y no los que ya habían pasado o los que le restaban en su vida, si es que le restaban, eran los únicos ciertos. Y serían siempre los mejores, los más reales, los más puros de su existencia.

Y así, tranquilo, con todas esas certezas y en medio de su larga espera, el gran capitán Alfred D’ Saint Chezcott, comprendió que esos extraordinarios acontecimientos que comenzaron cuando aparecieron en el horizonte de la  bahía aquellas Naos con las velas desplegadas, y que en el “después” no pudo o conscientemente no quiso recordar, fueron los últimos pedazos de tiempo, del último de sus pensamientos. Del último de todos sus sueños posibles, y tal vez del ultimo de sus vidas..

Y en los últimos instantes de ese pensamiento mientras se hallaba inmerso en ese escenario, y en la tranquilidad de esa espera, ¡Se devolvió de esos sueños!, Porque simplemente no supo o no quiso permanecer en ellos, quedándose para siempre en la realidad que se espaciaba dentro de uno de estos, que a su vez hacia parte de otro de sus propios sueños. Luego de eso, mucho menos supo cómo recordar ninguno de ellos. Su mente tridimensional y su nivel de consciencia no pudieron, por lo pronto, acceder a esos refinamientos dimensionales que sin duda alguna, se hallaban todavía mas allá de su propia comprensión.

En esos cruciales momentos, sólo pudo entender, que quizás el trecho  caminado desde la atalaya en lo alto de los cerros en los ancones de Kasindukua, pasando por los playones de la Castellana, hasta la casona de la calle grande para reunirse con sus amigos de inquietudes existenciales, y desde donde divisó muy entusiasmado y lleno de reflexiones, las velas infladas a todo viento de una extraña flotilla de bergantines, carabelas y galeones, entre las que venia sin saberlo Ariadna, aquella flamante carabela que inexplicablemente él mismo comandaba, y que traería las extrañas sustancias, pócimas y libros; las atemporales cartas de navegación de las muy conocidas rutas cósmicas, con sus rumbos que se deslizaban sobre las imperceptibles líneas de energía; los artilugios ceremoniales con todos los arreos necesarios para obtener el pasaporte espiritual que le facilitaría la salida de su estrecho mundo; junto con sus viejos borceguís y sus discípulos; las disquisiciones sobre la irrealidad de la vida y la muerte; las inquietudes existenciales que lo atormentaban, y todo, absolutamente todo lo de su vida, probablemente eran las partes dispersas de todo ese enorme sueño.

Después de esos convencimientos, no pudo entonces, por más que lo intentara, llegar hasta esos fondos inescrutables en donde todas esas partes se “unificaban”, por no encontrar en su mente todavía, la llave de la puerta de ese último aposento dentro de esos otros aposentos, que le permitiría atravesar la dura cáscara de las fronteras de la totalidad de sus más íntimos, y extraviados pensamientos: Pensamientos-Vidas – Universos, que de seguro transitaban encriptados en una burbuja ilusoria dentro del ámbito de esos espejos enfrentados de todas sus vidas, o de todos sus sueños…

El gran capitán Alfred D’Saint Chezcott, decidió no abrir la puerta de ese ultimo aposento, que por un instante le hubiera permitido entrar en este y despertar en una realidad diferente.  Entonces, al no caer en cuenta de todo aquello, se distrajo otra vez en mortificaciones del pasado y eso le impidió soltarse del amarre sordo con una última ilusión: La del olvido. Y que de haberlo hecho, de haber fijado sus recuerdos, habría comprendido el motivo de todas sus angustias y desazones. Su inmensa inconformidad existencial. Habría descubierto que en verdad, la realidad, o mejor, su realidad, si es que ella tuviese la posibilidad de existir, todavía no había sido pensada por su creador. Y este tampoco por el de él, y aquel, tampoco por el suyo… ¿No había sido pensada por si mismo,..  ¿su propio creador?-…

Y sucesivamente, tampoco lo habían hecho en ninguna de las infinitas repeticiones que se mostraban como los insondables reflejos entre si, del juego de espejos enfrentados, en las infinitas Ruedas del Tiempo de su “Pensamiento – Vida”.  Por lo que él, por esa razón, solo era todavía una inmensa posibilidad existencial.

Una posibilidad que como tal, aparecía y desaparecía entretejida entre sueños distintos de muchas personas, y en tiempos diferentes. Era cambiante. Hacía parte apenas de ese campo transcendente de todas las posibilidades. Una posibilidad de vida, que todavía permanecía difusa e incierta, en ese lugar encantado y “lejano” en donde nacen todos, absolutamente todos los sueños.

Estaba estacionada allí, en ese gran espacio: En el espacio del Circulo del NO Tiempo. En aquel, en donde pervive desde siempre y para siempre, toda la memoria  y toda  la  existencia…

En el espacio  trascendente  de  Aluna… ¿El de Dios?…

 

 

Sharamatuna, a los primeros 108 días del año del principio del final

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