SANTA MARTA 495 AÑOS Y LA NECESIDAD DE UN PUNTO DE ENCUENTRO PARA RECUPERAR EL SENTIDO DE PERTENENCIA

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Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza

Necesita Santa Marta con urgencia, nuestra ciudad dos veces santa, como antes hubo, un lugar de encuentro, como lo fuera en su momento el camellón y especialmente los alrededores de la tarima construida dentro de la bahía, donde se coronaba en aquel entonces, con la asistencia masiva de nuestra gente en jolgorio sano, alegría, colorido y regocijo de las ventas populares de todo tipo debidamente organizadas sin el caos actual, la reina del mar, en festividades que nacieron gloriosas y hemos dejado languidecer desafortunadamente en nuestras manos, peor aún con lo acontecido en los últimos años, en lo que converge y ha imperado en extremo, negligencia, falta de voluntad, determinación y decisión; cuando bien pudiera, como lo han logrado otras ciudades del país y del mundo, hacer de sus eventos máximos, símbolos de reconocimiento no solo en el ámbito local, sino regional, nacional y universal, teniendo nosotros inmensos valores para lograr esos propósitos, se nota al respecto falta de liderazgo de todo orden, en la consecución de lo requerido para esta materia.

Santa Marta, próxima a sus 500 años de fundada por Rodrigo De Bastidas, requiere importante y urgentemente, en lo que seguro me acompañará la mayoría de nuestros coterráneos, de un punto de encuentro que nos defina y en esa misma medida pueda darnos sentido de pertenencia. No soy experto en urbanismo, pero la posibilidad de haber estado en otras latitudes de la geografía mundial, me permiten referirme a esta falencia que tenemos y mucha falta nos hace. Un punto de encuentro amable con quienes nos visitan y al mismo tiempo nos sintamos nosotros, que invite a sentarse, con fuentes y sombras donde poder realizar una pausa diaria; que muestre alegría, color y no una imagen gris y desértica, erradicando los vicios y la prostitución, como en muchas plazas del mundo sucede. No queremos un punto de encuentro de plaza dura, sino espacios con vegetación donde predomine la función sobre la forma. Espacios cálidos que llamen a la reunión y la sociabilidad. No se trata de una solución urbanística repetida, redundante, estereotipada, ni centrada solo en la imagen, sino lugar de encuentro vecinal por antonomasia que refleje y de cuenta vital y diciente de nuestra rica idiosincracia.

Lugar de encuentro donde visible sea la transformación social, donde no haya desolación, sino caminantes, cuenteros, pintores, patinadores, bailarines, estatuas vivientes, y demás otros hacedores de deporte y cultura que se apropien de él. Niños, adultos y adolescentes divirtiéndose de distintas maneras. Hacer de ese punto de encuentro lugar obligado para las celebraciones de ciudad y el triunfo de los nuestros, tal como existió el arco del triunfo para recibir a los campeones olímpicos del pasado. Hacerlo el escenario perfecto para que seas foco de actividad social y cultural, donde surjan nuevas amistades, se compartan experiencias, saberes, conocimientos, habilidades, trucos y en definitiva se pueda disfrutar la ciudad como debiera ser; esto es, el punto de encuentro por excelencia para todos.

Darle a ese punto de encuentro que optimista imaginamos, una identidad que bien y mejor se genera desde la sociabilidad. Un espacio físico en el que se den cita nuevos y edificadores constructos, prácticas, significados y sensaciones. Un punto de encuentro para qué en contexto de orden y disciplina, se lo apropien con sus distintos hacer y quehacer cultural, deportivo y recreativo, samarios y visitantes. Sea además un lugar donde la seguridad ciudadana esté presente y hermanada con la transformación, la identidad, la integración y la cohesión social, en vía a crear en beneficio ciudadano y comunitario una nueva geografía como punto de encuentro. Es hora de volver a pensar y reconstruir el sentido de pertenencia perdido con el populismo actual de los últimos nueve años, sumando este periodo a varias anualidades precedentes cuando los de antes al igual que los actuales fueron y están siendo negligentes en los parámetros que estamos desarrollando en esta columna.

Es reflexionar respecto de lo comunitario en la perspectiva de la relación con los otros, sobre los espacios de encuentro y sus implicaciones, el establecimiento de vínculos en los espacios comunes pensados desde el lugar, transformación, construcción, acercamiento, encuentro, intervención, posibilidad del establecimiento de múltiples vínculos, modos de mutualidad, tramitación de conflictos, aprendizaje, complejidad e historicidad (resaltar el punto de arribo del Libertador Simón Bolívar a nuestra Bahía ante el abandono y el olvido en que se encuentra hoy en día) , entre otros generales y particulares aspectos. Es meditar cómo se pueden leer, pensar en los vínculos que se tejen en la vida cotidiana de las comunidades y su relación con el mundo en que vive, transita, hace, actúa, y puede articular y transformar.

Un punto de encuentro ayuda a la consolidación de procesos de relación en dimensiones mejores, al tiempo que implica el reconocimiento de las personas en su diferencia y condición o capacidad de ser otro o distinto y en los que está siempre presente la posibilidad del saludo y el afecto entre cercanos, de ahí que la existencia de esos espacios relacionales, que vinculan a los individuos a territorios físicos o simbólicos y a temporalidades compartidas, sean definitivos en un mundo agobiado por la “yoismo” y la individualidad a ultranza, que no por la solidaridad y la bonhomía; al tiempo que implican también el favorecimiento y facilitan resignificar y construir cívicamente de manera permanente sobre las situaciones dadas con sentido de pertenencia.

Encontrarnos con los otros va a permitirnos pensar asociativamente en el trabajo comunitario como base esencial  indispensable donde poder soportarnos para construir acciones, para construir proyectos y considerarnos en las sólidas lógicas sociales que nos facilita la cotidianidad y en lo que primará con fuerza la procura de una identidad común, así como el reconocimiento de la importancia y búsqueda del sentido de pertenencia, lo que plantea repensarnos, resignificarnos en nuestras pertenencias sociales y culturales, así como respecto de sacarle los mayores provechos a nuestros acercamientos con los demás y su implicación en los modos de interrelacionarnos con la comunidad en los espacios y punto de encuentro, defendiendo los objetivos comunes que como ciudad y Departamento necesitamos por encima de las diferencias políticas, solo pensando en el bien general y en el desarrollo de nuestro terruño, venido a menos en los últimos tiempos, para ellos solo basta como punto de partida analizar los avances de varias ciudades vecinas del Litoral quienes no teniendo los recursos que poseemos están demostrando en beneficio de sus habitantes pasos agigantados gracias a tener centros de encuentro.

Es convertir ese punto de encuentro, que imagino como una realidad donde se darán las más de las interacciones, en símbolo de la ciudad en el que se presenten diferentes sentidos de información y donde Santa Marta se reconstruya como un todo simbólico, metafórico, icónico, en el que emerjamos victoriosos como síntesis y relación de lo que somos, más allá de lo emotivo y cognitivo que se articule en cada uno de nosotros y redunde consensuado en el plano colectivo. Es la ciudad como realidad, emoción, símbolo, significación y definidas proyección y prospección que sueño como buen Samario, siendo este el mejor regalo para nuestra Capital en su Aniversario 495. rubenceballos56@gmail.com *Jurista

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